miércoles, 21 de junio de 2017

LA PREVENCIÓN EN LA REDUCCIÓN DEL IMPACTO DE LOS DESASTRES

Tanto en la poesía como en la lírica, se encuentran diferentes tipos de rimas, estas consisten en la repetición de una secuencia de sonidos, conocidos como fonemas a lo largo de los versos, en general suelen darse a partir de la última vocal acentuada, sin embargo, hay diferentes recursos para producirlas.
Estas repeticiones fonéticas como mantras, tienen un efecto psicológico, los campesinos, nuestros juglares rurales, son expertos en montar espontáneamente rimas en sus versos, incorporan los mensajes que allí se forman como axiomas culturales, verdades absolutas, nada más cierto que lo dicho en verso. Hay un relato en Bogotá (Colombia) que data de 1895, que hace referencia al fraile español Francisco Margallo y Duquense, de  quien se decía poseía el  don de la precognición,  tenía visiones del futuro, muchas de ellas según rumoraban los pobladores, acertadas.
Se encontraba dando su sermón dominical el padre Francisco, y en medio del discurso vino una profecía en los siguientes términos: “En un mes de agosto / de un año que no diré / sucesivos sismos / destruirán a Santafé”, es necesario mencionar que en esa época Bogotá se llamaba Santafé de Bogotá; otras versiones indican que lo dicho en medio de su trance fue: “En un mes de agosto / de un año que no diré / Monserrate y Guadalupe / hundirán a Santafé”, siendo Monserrate y Guadalupe los cerros tutelares de la ciudad, como quiera que haya sido, la profecía estaba en verso; así que que a partir de  1895, cada año, llegado al mes de agosto, se generaban romerías y procesiones buscando que la intervención divina evitara la tragedia, finalmente el 29 de agosto de 1917, se materializó el vaticinio mediante una serie de terremotos. Durante 10 días se presentaron constantes movimientos telúricos, siendo el más fuerte el del 31 de agosto, hubo daños en los edificios más importantes de la época, una de ellas la torre de la iglesia de un barrio tradicional llamado Chapinero, allí  perecieron  6 mujeres.
Como lo deja entrever el relato, se hace necesario recoger las tradiciones, costumbres, cosmovisiones, creencias e incorporarlas de manera integral a la gestión de riesgo de desastres.
Un proceso social de prevención que resulte exitoso en Japón puede ser un fracaso en cualquier otra parte del mundo, por esta razón se debe tener en cuenta  para su construcción, el contexto cultural y la especificidad territorial   para el  adecuado diseño e implementación de las actividades. En tal sentido se sugiere una metodología sencilla que potencie la efectividad  de  las acciones a realizar.
Enmarcar la prevención como parte del proceso de reducción de riesgo de desastres es de total pertinencia, para ello se deben tener en cuenta los  componentes básicos del riesgo: La amenaza y la vulnerabilidad.
La amenaza, definida como esa posibilidad de que un evento físico de origen natural o antropogénico no intencional se materialice, resulta muy difícil de intervenir, es decir, no hay manera de reducir la posibilidad de que ocurra un terremoto o un evento ciclónico; lo que si podemos intervenir es la vulnerabilidad, disminuyendo la susceptibilidad de afectación de los sistemas, específicamente en lo que este escrito propone, la dimensión sociorganizativa de la vulnerabilidad.

Para lograrlo se propone desarrollar dos componentes: 

 Este primer componente incorpora toda actividad que tenga como propósito informar a las comunidades sobre el riesgo, logrando que las personas lo conozcan, lo comprendan e interpreten las acciones básicas a seguir:
Prepararse, Actuar y Recuperarse.
Se requiere preparase mental, física y psicológicamente para apropiarse de las acciones individuales frente a la ocurrencia de un evento, adecuar estructuralmente su entorno, desarrollar un plan familiar de emergencias en el que se prevean los escenarios posibles y se proyecten las acciones, diseñar un  plan de comunicaciones, establecer puntos de encuentro para los  integrantes del núcleo familiar, identificar  redes de apoyo, organizar un kit básico de emergencias, adelantar los ajustes necesarios a las viviendas para enfrentar la situación coyuntural entre otras.  
Actuar, adelantando  ejercicios de simulacro que posibiliten practicar cómo reaccionar frente al evento, identificar en los entornos cotidianos, la manera de materializar  en ellos esas acciones, mecanizar instintivamente reacciones que puedan salvar vidas.
Por último considerar las acciones posteriores a la ocurrencia del evento, esto permitirá iniciar el proceso de recuperación individual, limitando la posibilidad de que acciones inadecuadas sean generadoras de más riesgo para sí mismo y para terceros.


Este segundo componente está integrado por aquellas actividades que ya no solo informan sino que movilizan, que generan dinámica social, que organizan los entornos y las comunidades con el propósito de hacer frente a un desastre,  estas actividades permiten asignar roles, tareas específicas a cada persona dentro de la comunidad,  en el trabajo, en el grupo social, logrando pasar  del nivel individual al colectivo. Se sugiere que su base sean las organizaciones voluntarias o comunitarias existentes, quienes pueden liderar, estructurar, implementar y desarrollar estas acciones.
Por último las actividades e iniciativas que hagan parte de estos componentes, deben tener un proceso de diseño:
 El primer paso consiste en definir el riesgo que se va a intervenir, existen regiones o zonas geográficas que están expuestas a uno o varios riesgos, cada uno de ellos requiere una preparación diferente, lo que implica acciones particulares, por lo que priorizar y definir sobre cual  actuar, es la base para desarrollar el proceso.
El segundo se refiere a definir la población objetivo, ¿quiénes son las personas a quienes se les va a llevar el proyecto?, ¿Cuál es su nivel cultural?, ¿Cuáles son sus costumbres?, ¿Cuáles son sus edades?, ¿Cuál es el porcentaje por género, ¿Cuáles son sus necesidades?, estos entre otros muchos interrogantes deben ser resueltos, para ello es necesario conocer detalladamente sus características y así se  habilita  el siguiente paso.
Este consiste en definir las actividades, las cuales deben tener coherencia con el diagnóstico del que nos ocupamos en el paso anterior, es decir, especificidades; si se va  a trabajar una comunidad en la que priman personas con algún nivel de analfabetismo sería inútil llevar información impresa o escrita, si la población objetivo es una escuela, las actividades deben tener un alto componente lúdico.  El lenguaje también es importante, la información técnica resulta difícil de digerir, es por ello que se requiere de un léxico acorde a la comunidad participante, esto hace posible la comunicación asertiva.
Un cuarto paso consiste en gestionar los recursos para ejecutar el programa, darle sostenibilidad financiera, a través de la gestión y articulación de acciones, asociándose con las autoridades y organizaciones interesadas en su desarrollo. Es importante tener en cuenta que una comunidad expuesta a un riesgo, las que en un alto porcentaje corresponden a familias de escasos recursos con un sin número de necesidades básicas insatisfechas, no tienen como prioridad gestionar el riesgo en su entorno; planteándolo de otra manera, si bien se conoce que existe una posibilidad de que algún día ocurra aquí un terremoto pero a la vez no tengo con que comprar la leche para el desayuno, no tengo como conseguir unos zapatos para el uniforme del colegio a mis hijos, entonces mis prioridades son otras; la prevención con hambre no entra, por ello es básico integrar estos programas a intervenciones sociales que alivien de alguna manera esas angustias del día a día de esas personas, familias y comunidades.
El quinto paso sería la implementación del programa, teniendo en cuenta que se lleve un registro y un seguimiento que permita realizar los ajustes que se requieran durante la ejecución, que nos permita incorporar nuevos actores que faciliten el alcance del objetivo propuesto.
Un sexto paso, muy importante es la elaboración de los informes, en los que se detallen los logros obtenidos, esto especialmente destinado a quienes lo financiaron, para que ellos sepan que se logró con su aporte y sus recursos, de ser posible, estos informes deben ser elaborados de manera particular, haciendo énfasis en los datos de interés para cada destinatario, de manera que estimule darle continuidad al proyecto e involucrarse en nuevos retos.
Por ultimo realizar una evaluación de resultados, una lección aprendida, un estudio de caso crítico, que permita incorporar mejoras y validar experiencias que enriquezcan futuros procesos e intervenciones propias o de terceros.
El reto es grande, más aun cuando es una realidad que en las agendas de gobierno no se prioriza la inversión en prevención, esta no es redituable en las urnas, resulta más útil políticamente, entregar ayudas humanitarias a muchas familias afectadas haciéndolas destinatarias de una generosa gestión, que invertir evitando una situación que no se va a materializar, pasando muchas veces inadvertida por los malagradecidos electores.
Aquí cobra importancia la presión social, posicionar el discurso entre la comunidad sobre la posibilidad de  materialización de un riesgo, incide en su inclusión en la agendas municipales, destinando recursos para gestionar el riesgo mediante la prevención, haciendo visible esa necesidad como una iniciativa que nace en la base misma de la organización social y obligando actuaciones, dándole vida en la agenda pública territorial.

14 de junio del 2017.








No hay comentarios:

Publicar un comentario